Cenicienta del dolor

Las cenizas no faltaron, pero esta vez no venían de una chimenea que ella limpiaba y limpiaba, eran cenizas volcánicas que habían recorrido el mundo, pero llenaba su vida de cosas confusas.

Fueron años bravos, donde la piel de cenicienta se le hizo carne, y aunque fingío ser una princesa, los harapos los llevaba por dentro, y las cenizas en su corazón.

Vivió 23 años a la sombra de un mendigo disfrazado de príncipe, a quien le dió plenos poderes de ser quien la rescate de todo problema, siempre fue el portador de soluciones, de la esperanza de que el mundo no era tan doloroso como se sentía. El tenía el poder de secarle las lágrimas y transformarlas en sonrisas.

El balance no era tan malo, fueron 23 años que surcó los caminos del dolor para rescatarla, pero como una mala película de princesas, en el rescate final falló, se cayó su corona y mostró que siempre fue un mendigo disfrazado de príncipe.

Ella no sabe como volver a escribir la historia, sentada mirándose los ridículos zapatitos de cristal, que ya quedaron viejos y desvencijados. De la carroza ni siquiera queda una espantosa calabaza de halloween, su vestido volvió a ser harapos, y las lágrimas humedecieron las cenizas dejando su cara llena de hollín.

Ya nada volverá a ser como antes, porque aunque la rescató de muchos abismos, finalmente la empujó desde el más alto.

Le dio mucho, pero le acaba de robar la inocencia de creer que es posible y a cambio le dio el dolor de no volver a confiar.

Nadie sabe qué habrá cuando llegue al final de abismo. Se va a levantar otra vez, como siempre, pero se va a asegurar que ese mendigo nunca más pueda volver a portar una corona, para que no la lastime nunca más, y jura agudizar sus sentidos para que nunca más nadie la convenza de que la magia existe, porque simplemente son trucos que la engañaron toda la vida.

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